nota mental: preguntarle a alguien más si le pasa esto o soy solo yo

Son las once de la noche y tengo cuarenta y siete pestañas abiertas. Sé el número exacto porque Chrome, con esa crueldad silenciosa que lo caracteriza, decidió agruparlas y ponerle un contador arriba. Cuarenta y siete. Ninguna las voy a leer esta noche. Probablemente ninguna las voy a leer nunca.

Y sin embargo no las cierro. Cerrarlas se siente como admitir una derrota muy específica: la de haber querido saber algo y no haberlo perseguido hasta el final. Cada pestaña es una intención pausada, no abandonada — al menos eso me digo.

wikipedia.org/wiki/tangente_del_día
Notas y libros abiertos sobre un escritorio
No es una puesta en escena. Así estaba mi escritorio cuando escribí esto.

Hay algo en el hipertexto que se parece mucho a cómo pienso en realidad — no en líneas rectas, sino en saltos. Leo sobre un tema y una palabra me manda a otro, y esa a otro, hasta que termino leyendo sobre el comercio de sal en el siglo XIV habiendo empezado por un tuit sobre gatos. Nadie diseñó mi atención para funcionar en línea recta. Internet, en su versión más vieja y menos optimizada, entendía eso mejor que las apps de ahora.

"Lo que hoy llaman procrastinación yo prefiero llamarlo investigación sin financiamiento."

Las pestañas abiertas no son desorden, o no solo. Son un mapa de por dónde anduvo mi cabeza. Un archivo involuntario. Si alguna vez alguien quisiera reconstruir en qué estuve pensando un martes cualquiera, no tendría que preguntarme — bastaría con mirar el historial.

Igual las voy a cerrar. Mañana, probablemente. O la semana que viene. Nunca.